Un poco de historia...
A continuación una nota de Andrea Soldini, actriz, directora, dramaturga e integrante de Galpón del Arte quien hace un raconto de la historia de esta institucion para la Revista Picadero Nº 36 correspondiente al periodo Mayo-Noviembre de 2013. Una nota para disfrutar que transcribimos a continuacion...
Cómo se construyó el Galpón del Arte de Venado Tuerto
Lo que antecede al Galpón
y dispara la historia
Entre el 10 y el 19 de mayo, el INT presentó en la ciudad de Venado
Tuerto (Santa Fe) la 28 edición de la Fiesta Nacional del Teatro con
una programación integrada por 40 espectáculos. El Galpón del Arte
fue una de las sedes fundamentales del proyecto. Aquí su historia
que, en parte, ha crecido bajo el cobijo del Instituto del Teatro. Entre el 10 y el 19 de mayo, el INT presentó en la ciudad de Venado
Tuerto (Santa Fe) la 28 edición de la Fiesta Nacional del Teatro con
una programación integrada por 40 espectáculos. El Galpón del Arte
fue una de las sedes fundamentales del proyecto. Aquí su historia
que, en parte, ha crecido bajo el cobijo del Instituto del Teatro.
Primero fue Apertura. Así se llamó, no inocentemente, el grupo que dirigía Rodolfo Aldasoro,
un director y dramaturgo venadense instalado
hacía tiempo en Rosario. Desde 1981 a 1984 funcionó con su encuentro semanal en la Biblioteca
Ameghino.
En 1983, uno de sus integrantes ingresa como
director de Cultura de la Municipalidad de
Venado Tuerto, inmediatamente convoca al grupo Apertura a que abran talleres teatrales. Este
espacio se llena de jóvenes de entre 13 y 16 años
que concurrían a tres clases semanales y un seminario mensual que dictaba Rodolfo. Esos inicios fueron impactantes desde el tiempo que la
actividad demandaba y la energía que sus profesores Horacio Ñoti Martínez, Carlos Záttara y el
mismo Rodolfo invertían.
1984 fue un año plagado de inicios, de entusiasmo y de efervescencia política. Rodolfo provocaba algo que incidía directamente en la vida de los
que le atendían. Había otra vida. Había otra gente
que vivía distinto, que pensaba que vivir era otra
cosa. Que te responsabilizaba de tus decisiones.
Que te hacía cargo de tu mundo inmediato. El
teatro era todo lo extraño y a la vez natural que
ese hombre nos develaba. Dijo, decía… “No hay
creación sin libertad absoluta”. Eso impacta.
Pensar la libertad absoluta es un cielo a escalar que trae sus dificultades y sus placeres.
Estábamos eyectados hacia la vida, y dispuestos
a escalar ese cielo cuando Ñoti nos cuenta que
había un espacio para alquilar. Ahí fuimos.
Apertura, o los más militantes de Apertura,
habían concluido en la “necesidad” de encontrar
un espacio absolutamente independiente. Esa
necesidad tenía más que ver con crear espacios,
rescatarlos de una memoria que vivió otra época.
El teatro no era más que eso, un entretenimiento
posterior a las tareas laborales para la mayoría y
para algunos el teatro era una forma de militancia, de discusión de ideas, de postura frente a la
vida... Para los que éramos adolescentes el teatro
fue todo, la identidad ante el resto, el modo de
ver, la forma de relacionarnos, los amigos, los novios, los ejemplos, las ideas... todo.
En los años anteriores al Galpón, la biblioteca
Ameghino, daba cuentas de una inconmensurable actividad cultural que ligaba el arte a la vida,
un movimiento absolutamente visible en la cotidianidad de la ciudad. Un movimiento que había corrido los límites de una identidad cultural
al punto de conformar un equipo de fútbol que
llegó a jugar en ligas importantes y que desde sus
preceptos y estética provocaba las más variadas
opiniones y acciones trascendiendo las fronteras
de la ciudad.
Nadie, de verdad nadie, en aquel momento era
indiferente a lo que sucedía con “La Biblio”.
Esto es significativo porque de no haber existido esa impronta de La Biblio, la experiencia del
Galpón no hubiese tenido lugar en la cabeza de
nadie.
Vale reconocer, que el universo creado en la
ciudad donde se vive enmarca a los individuos y a sus movimientos culturales, les da sustancia.
El marco en momentos de La Biblio era enorme.
Hay que nombrar aquí a alguien que fue causante de muchas acciones culturales, incluso
más de las que supo: Pablo Sevilla, mentor y líder
del movimiento de la biblioteca Ameghino. Una
vez Pablo me dijo que era importante escuchar
las voces que venían detrás de la voz que hablaba.
Como en Manuel Puig “uno es las voces que lo
recorren”.
Rodolfo, la voz de Pablo detrás de tantas voces,
María Juana Saade (actriz integrante de Apertura)
madre de un desaparecido, es o era, paradójicamente la voz de la alegría. Ñoti en el hacer concreto y fundante, con su voluntad activada y convocante era quién movilizaba a la acción. “Uno
es lo que hace con lo que hicieron de uno”, dice
Sartre. Ahí estábamos todos, en Chacabuco 1071,
perplejos. Con nuestras voces recorriéndonos.
“La libertad absoluta”, “El arte que le hace propuestas a la vida”, intentando hacer algo con eso
que hicieron de uno. En ese galpón grasiento, lleno de agujeros, y no puedo olvidarlo: una planta
le crecía de una pared.
El Galpón se alquila (1986)
Un galpón de una fábrica de cosechadoras cerrada. Ahí se dio la mezcla... los adolescentes con
tiempo para estar ahí y disfrutar de ese trabajo
como un juego, y los otros con todos los sueños...
Rodolfo desde Rosario creyendo en un foro cultural, intelectual y artístico, los de Apertura que en su mayoría renunciaban sin decir nada más
que “sólo querían hacer teatro”. Las discusiones
interminables sobre el proyecto y nunca se sabía
cuál era el proyecto... no se definía nunca... pero
avanzaba o era, aún no se define y sin embargo
va siendo. Había un calentador para el mate, no
había baño, se hicieron unas tribunas, se trabajó
en una “creación grupal”, que más bien Rodolfo
escribía y delimitaba. ¡Pasaba por allí la historia
del teatro universal! Y culminaba. ¿Dónde? En el
Galpón. Tamaña expectativa. Así se inauguró. Y
después... infaltable la peña, la guitarra, esa música de una generación cuajada en su alegría, y
los más jóvenes incorporando una melancolía y
una euforia que no nos pertenecía por completo.
10 de enero de 1987, en seis meses se puso a
punto, se hizo la obra y se inauguró sin baño
pero con luces, el tablero y los tachos que fabricaron los que iban al industrial. Mucha peña, mucho vino, mucha rifa, mucha gente, mucha mala
fama. Deudas que se acumulaban: el alquiler, las
telas, la luz, el gas, los caños, las maderas, las cortinas, la pintura, los viáticos de Rodolfo… sus honorarios que jamás cobraba. El dinero, y el modo
de obtenerlo y a qué se destinaba. La mugre que
se acumulaba, la convivencia continua que empieza a manifestarse con problemas visibles, el
trabajo desmedido, desorganizado y desequilibrado, la masa adolescente que cuestiona límites.
Ahora había que ponerle el cuerpo a lo dicho.
La libertad llevaba mucho trabajo. En las asambleas empiezan a escucharse las voces de los que
ponen el cuerpo, esos tienen peso. Se inscribe en
la pared del galpón la frase de Roberto Arlt, “El
futuro será nuestro por prepotencia de trabajo”.
El segundo aniversario 1989
La idea que tomaba fuerza por esa época tenía
que ver con eso de responsabilizarse por la vida
que se quería vivir. Venado era un lugar donde
todo estaba por hacerse… pero con una cultura
chata y conservadora. Había que empezar a dialogar con esa comunidad, había que empezar a hacerle propuestas, salir de la frontera de 10 x 10
que era el Galpón.
2° aniversario de la sala, nos conectamos con el
Mo.Te.Po. (Movimiento de Teatro Popular). Por
un verano completo, esos grupos pueblan las calles de Venado, la comunidad se suma primero
tímidamente a todos los festejos y al fin, masivamente. Transformamos la calle. El saldo de tres
meses intensos deja a las claras que es posible
que el público responda, y deja, a partir del contacto con todos los grupos, la idea de dedicarse
por completo al teatro.
La profesión. La cooperativa
Lo que sucedía en el escenario se sentía poco.
Había que hacer de la vida de uno la otredad posible. Un grupo como un ensayo de otra cosa. Si
el actor trabaja consigo mismo, lo hace a la vez
con las circunstancias que lo determinan. Había
que meterse con esas circunstancias, ser más
que actores, implicarse con los determinismos.
Entonces, se tira la vocación sobre la mesa como
un hierro caliente. Los que se iban a dedicar por
completo al teatro y los que no. Una homogeneidad en crisis. Tómalo o déjalo.
Rodolfo vende su casa de Villa Diego y compra
una pequeña quinta en las afueras de Venado.
Ñoti vende su taller de afilado y compra un colectivo. Roberto Mora y yo, decidimos que estaríamos allí, que seríamos actores, pronto se sumaría Claudia Scarutti. Más tarde Mirna Castro
y Adelqui Bottazzi. Se forma La cooperativa, un
grupo dentro del grupo. Luego tuvo algunas bajas
y otras incorporaciones.
La cooperativa trabajaría en los horarios que el
resto del grupo tomaba para sus labores personales. Cobraría de las funciones que harían como
cooperativa y participarían de la producción y actuación de las obras realizadas por el grupo en
su totalidad. Organizaría las tareas de funcionamiento, mantenimiento y construcción del espacio. Un poco mucho, visto desde ahora, pero en
el 89, nos pareció bien. En todo caso, fundar la
profesión en Venado, nos parecía maravilloso, pero a la vez nuestra naturaleza culposa, haría
que las diferencias con el resto, redundaran en
autoexplotación.
Nos encontrábamos en la cocinita del Galpón a
las 8 de la mañana, organizábamos la agenda del
día, poníamos a punto el espacio, cobrábamos las
cuotas de los asociados que habíamos realizado.
Visitábamos gente para convencerla de que se
asociara. Pagábamos las cuentas. Limpiábamos.
Al mediodía volvíamos a encontrarnos, la mayoría de las veces nos hacíamos de comer en el
teatro, ya que la situación familiar no estaba muy
a favor con lo decidido. A las 14 Rodolfo llegaba
para el ensayo. Ensayábamos hasta las 17 ó 18.
Merendábamos en el teatro. Empezaba a llegar, a la tardecita, la gente del resto del grupo.
Resolvíamos lo que había quedado sin hacer. Y
ensayábamos la obra que era de todo el grupo.
Empezábamos muy temprano en la mañana y
terminábamos muy tarde por la noche. Lo escribo y no me lo creo, pero fue así por muchos años,
hasta que el bajo ingreso promedio per cápita,
los hijos y el cansancio del intento, hicieron que
la mayoría de los integrantes de la cooperativa,
buscara su solvencia por otro lado. En cuanto al
objetivo de generar la profesión en Venado, aún
existe y existieron varios intentos luego. La cooperativa siguió en pie hasta 2001.
La temporada teatral comienza a existir
El Fantasma de Canterville, se programó durante todos los días del verano del 91, de martes a
domingos al aire libre en el patio del Galpón. Allí
se armó un semicírculo para la escena, se construyeron tarimas, se compraron sillas, se diseñó
una publicidad con pintadas de tapiales que amanecieron en la ciudad creando gran incógnita, se
vendieron paquetes de entradas a los gremios.
Se compraron artefactos lumínicos, equipo de
sonido. La inserción en la comunidad generada
con el movimiento callejero, redobla la apuesta.
El fantasma… es el primer gran éxito del Galpón.
Más de 100 espectadores se reunieron por noche
en el patio.
Con los ingresos de taquilla se pagaron todos
los equipos y reformas edilicias para habilitar el
patio.
Luego de ese verano, quedaron instaladas en
Venado las dos temporadas, todos los días del verano. Y los fines de semana del invierno. Así fue
durante todos los años siguientes.
De cómo se compró el Galpón
1991. El dueño decide vender el espacio. Justo
cuando ya era nuestra casa. Justo cuando Venado
comenzaba a digerirlo.
En una reunión de 1991, registrada en un cuaderno dice: “Siempre que haya un grupo humano, lo demás es consecuencia de ello”. Cuidar el
espacio, era cuidar ese grupo. Nuestras acciones
ahí hablaban por sí mismas. Cuidarte era limpiar
el espacio, pagar las cuentas, equiparlo, que no
faltara la yerba, que hubiera buen aroma, ponerle
cera al piso de cemento de la cocina, lustrar la
sala, que entrara por la tarde el sol en los ensayos,
que la vereda se barriera todos los días, organizar la biblioteca, prender los sahumerios, cocinar
tortas fritas con lluvia… para que siempre tuvieras ganas de hacer, de estar allí. Esa fue sin lugar
a dudas la clave de todo el devenir. Sostener esas
acciones mínimas, hacía que todo lo demás fuera
posible.
No podía cerrarse. 30.000 dólares. Un número
imposible.
La ciudad, como muchas ciudades del interior
del país, tenía los ojos puestos en Buenos Aires
cuando de artistas se trata. Así que debíamos hacer que esos ojos nos miraran con ganas extraordinarias. Dialogar con la comunidad de eso que
le interesaba.
El plan era traer a varios artistas famosos que
actuaran gratis para poder comprar el Galpón.
Debíamos vender 1.000 entradas a 30 dólares.
Visto así todo era posible.
Sucedía en la Biblio, la Facultad Libre. Había
una materia que se llamaba El arte de amar…
Esa cátedra la dictaban distintas personalidades del mundo cultural. Se avecinaba la llegada de
Soledad Silveyra. Ella debía ser la clave. Los de
la Biblio aceptaron y se involucraron inmediatamente con el plan.
Después de la clase la llevamos a comer al
Galpón, y ahí hablamos... hacemos los pollos en
el patio, cada uno con su objetivo. Soledad en el
Galpón de fiesta, la subimos y la bajamos de la
rampa del Fantasma, ella se ríe... Fue la llave.
Ella ya estaba confirmada. Hay que ir a Buenos
Aires... A la salida del Andamio 90 lo esperamos
a Alfredo Alcón, nada menos; él no sabía, pero a
nadie se le cruzó nunca por la cabeza que no nos
iba a atender... dijo sí enseguida sin conocernos,
voy con Los caminos de Federico, y Miguel Ángel
Solá, y Alberto Segado y el Flaco Thiel que ya nos
conocía y no podía faltar... Todos estos conocidos
actores sin fecha pero seguros. Vendimos un
abono. Mil números para todas las funciones,
puerta por puerta. El ciclo se llamó “Galpón del
Arte dando vida a viejos sueños”. El lema estaba pintado en los tapiales, pegados en los vidrios
traseros de los colectivos. Los habíamos grabado
para que la gente supiera que no mentíamos. La
voz de ellos aparecía en la radio, diciendo que
pronto estarían en Venado, que compraran la entrada, que salvaran al Galpón del Arte. Hacíamos
conexiones con medios nacionales para que cobrara trascendencia, hasta la mismísima Mirta
Legrand, pidió en sus almuerzos que nos ayudaran a comprar el Galpón. Y se compró.
Luego impuestos… moratorias... lo pagamos
una fortuna... Antes de que viniera Solá se murió el Cacho, chocó con la moto... qué puta mala
suerte... No sé si era el teatro, esta pulsión de vida
que nos ligaba, que no había lugar sobre la tierra
que reuniera tanto como todo, esta muerte y esta
vida... Cacho que no deja de estar ahí y que cuestiona tanto... él es de esa historia que continúa...
La institucionalización
¿A nombre de quién se ponía el Galpón?
Muchas, inagotables discusiones de asambleas permanentes, donde estar por fuera o dentro del sistema, era lo que se ponía en juego.
Nuevamente el espacio cuestionando las ideas,
obligando a tomar partido, a meterse en el barro. Debíamos pensar a futuro. Nuestro propio
grupo llevaba ya varias deserciones. El espacio se
había comprado con la ayuda de innumerables
personas. La ciudad lo había avalado y lo nombraba como propio. Decidimos ponerlo a salvo
de nosotros mismos. Buscamos los estatutos de
las bibliotecas populares y nos constituimos en
una Asociación Civil sin fines de lucro. Con una
cláusula inclaudicable: el Galpón debía ser siempre un teatro. Ningún integrante del actual grupo
podía disponer para usos particulares de ningún
bien del espacio. Y si se retiraba de la agrupación,
no podía llevarse nada de allí.
El Instituto Nacional del Teatro
Cuando llegó el Instituto en el año 98, estábamos sin aliento. Habíamos comprado el
espacio, habíamos realizado 21 montajes propios con sus respectivas temporadas, sus ciclos
para colegios y giras zonales. Mantenido el espacio y la continuidad con otros espectáculos.
Teníamos la cooperativa a punto de disolverse
y un cansancio extremo. El INT llega a darnos
aire. Que es decir, tiempo para pensar y resolver. La cooperativa había funcionado sin dinero,
solventando la sala.
Los intentos de construcción
En esto de querer ganar espectadores también
el espacio era una limitante. Había dejado de ser
una novedad, y francamente el Galpón resultaba
incómodo a los espectadores. Construir se volvió
un horizonte a alcanzar.
Un proyecto realizado para un concurso de
arquitectura, nos devuelve el deseo de construir
el teatro. Daniel Belbuzzi (integrante de los grupos de adolescentes de la primera etapa) y Oscar
Muza, estudiantes de arquitectura en Rosario,
realizan un proyecto de teatro, a partir de los alcances deseados por el grupo del Galpón y las
características del terrero y la construcción existente. Ganan en Barcelona, con ese proyecto, una
beca de estudio.
A partir de ese momento empezamos a pensar
en cómo lo íbamos a construir. Se construyó una
maqueta que estaba a la vista de los espectadores.
Se empezaron a proyectar estrategias, incluso a
pensar en comprar el terreno lindante. Se hace
una presentación a la prensa local del plano del
teatro y las explicaciones de utilidad.
Hablábamos mucho de encontrar alternativas
para que el trabajo no recayera sobre los mismos.
Cuestión que nunca pudimos resolver del todo.
Se organiza una comisión paralela para realizar
el proyecto del teatro.
Se iba a construir en tres etapas. Suponíamos
que en nuestro 15 aniversario, estrenaríamos la
ampliación de la sala, vestuarios y baños.
La primera acción fue demoler una casa de ladrillo y barro, que estaba abandonada en el terreno lindante. Se logró rescatar una cantidad suficiente como para construir un par de paredes.
La segunda acción tenía que ver con una revista.
La revista se convertiría en la herramienta donde
iban a estar las empresas, comercios, personas y
entidades que solventarían la primera etapa. El
grupo del Galpón y su comisión paralela producirían esos sponsor.
Habíamos logrado recaudar la cantidad necesaria de apoyo para construir y para finalmente
sacar la revista en 2001. Aún estaban sin cobrar
los anuncios (es decir el dinero para construir),
cuando el famoso corralito se llevó la posibilidad,
el trabajo realizado y la gente de la comisión paralela. El país ahora dialogaba con nosotros.
No se podía ni hablar de dinero. El tema, obviamente era escabroso. Los cambios y el cimbronazo se llevaron también a varios de los integrantes.
Ni hablar de construir teatros. El humor no estaba para poesía.
Los talleres y la nueva gente
Comienzan los talleres de teatro abiertos a la
comunidad. Nueva gente, nuevos adolescentes,
nueva vida. Una impronta de ideas emergentes
y cuestionadoras cala en el galpón, en buena y
recuperada hora. En el editorial de la revista de
los 17 años nos refundamos de este modo a parte
de insistir con el proyecto de construir. Esa era la
revista que debió salir a los 15 años coronando el
nuevo teatro.
Tal vez, lo sorprendente es pensar en una experiencia que permanece. No porque la permanencia en sí
sea una extraordinaria cualidad, sino porque se estabiliza en su inestabilidad, es tan frágil que hace falta
fundarla cada día.
Hablamos también del cierre de una etapa, como si
fuera posible armar lazos de tiempo. Solo para poder
pensarse es que se marcan etapas, pero es posible que
el tiempo sea circular, que estemos siempre volviendo
al inicio, al lugar del deseo único. Supongamos entonces que 15 años se cierran y dan frutos a otros que
nos conducen, vaya a saber dónde. Siempre hemos
trazado líneas, objetivos, que el aquí y ahora de la
vida ha desbaratado a su antojo, pero hay una línea profunda que es la del deseo, la de la búsqueda
de una vida que merezca vivirse, la que permanece
inalterable, y es allí donde no hay marco de tiempo,
donde la energía de ausentes permanece para transferirse a otros cuerpos, como reflejos de un espejo que
nos devuelve nuevos. Otros.
Hay gente como Rodolfo que ha marcado con su
vida esta búsqueda, que ha sido referente de este
aquelarre cotidiano, que nos ha fundado brujos, ángeles y demonios. Arte no es en el teatro si no hay
vida que se vuelva bella para desnudarse en la ceremonia escénica. Y belleza suele ser el espanto cuando
las sociedades deshumanizan. Rodolfo por presencia
convocaba al misterio, por entrega, convocaba a todas las paradojas. Esa energía allí, en ese espacio,
conmueve como un acto de amor interminable.
Allí, en ese espacio poético, hemos asistido, nunca
aislados sino como reflejo de este poblado y de este
mundo, al derrumbe de ideas que sostenían un quehacer, a la voluntad quebrada y reinventada o develada, a la miseria y la grandeza de gestos que nunca
son individuales sino que corresponden a ideas-fuerza, que se expresan en un grupo como símbolo de lo
que afuera acontece. Poder distanciarse para analizar sin convulsiones ni fanatismos, es una posibilidad que a veces puede darnos el teatro.
Crear ese espacio de 10 x 10 que solo es símbolo
de otro lugar, el lugar inexistente en la comunidad.
Este lugar jamás deja de construirse, porque es en
ese límite, donde esta clase de artista que intentamos
ser, artista que haga de la vida la otredad posible, se
reconoce. Habitantes de fronteras. Cuando estamos
cómodos, seguros, es que no hay sentido que buscar, y
ya no hay qué crear. Nos volvemos fósiles.
Ya no somos los mismos, hay otros cuerpos y los
mismos cuerpos son otros, sin embargo somos los
mismos.
El desafío es mantener la inocencia, la curiosidad,
la voluntad de cuestionarse.
Que nuestros deseos sean claros, verdaderos, que no
se confundan con vanidades, que entonces nos sorprendan con la fuerza de lo cierto, que nos muestren
lo inesperado, la incerteza.
Estamos tambaleando, como siempre.
Finalmente el teatro está ahí, monumental.
Intacto. Nuevo. Guarda debajo de tanta lisura los
huecos antiguos.
El Instituto Nacional del Teatro abre su convocatoria para la construcción y remodelación de
espacios teatrales. Oscar Villarreal (ingeniero)
y Horacio Nicolari (arquitecto), integrantes del
grupo de Galpón del Arte, diseñan un proyecto
nuevo, pasando por alto el que se llevó el corralito, tal vez por eso de la urgencia, o de que el
anterior nos había vencido.
Esta vez sí, todos los antecedentes nos dan el
premio mayor. 400.000 pesos serían depositados en la cuenta del Galpón, como un beso en
la boca del que duerme. Harían falta 300.000
más para terminarlo. Inmediatamente el plan
se orquesta, como siempre, para aprovechar doblemente la ocasión y el empuje entusiasta de la
noticia.
Esta vez sí, se haría posible. Varias discusiones acerca del modo en que organizaríamos esta
nueva etapa. Sin lugar a dudas significaba el fin
de otra. Pensar en el espacio, cómo se habitaría y
cuál sería su proyección era más de lo que podíamos abarcar. Revisar la historia, los deseos viejos,
y los nuevos, los transformados, las oposiciones.
Objetivos, producción, metas, gestión (palabras
resistidas). Como siempre, la diferencia también
en tiempos de dedicación, en valores distribuidos
en escala de importancia disímiles, y la sumatoria de la urgencia (solo una ilusión), hizo que
una vez más postergáramos los temas de fondo,
y fuéramos corriendo detrás de lo que, sin lugar a dudas, siempre fue deseo común: ver ese
teatro por fin terminado, y cumplir con eso que
siempre sentimos como deuda en nuestro diálogo con la comunidad. Cumplir, aunque más tarde, con una larga historia que ya nos tenía como
protagonistas.
Se generó un grupo que produciría a lo largo de
un año, los eventos y actividades que recaudarían
el dinero. Se elaboró un proyecto de producción,
que consistió en una campaña de asociados masiva, apoyados en una campaña publicitaria a la que
se sumaron gratuitamente todos los medios, y que
consistió una vez más, en darle trascendencia nacional. Se compró una computadora para comunicarse vía Internet y dos teléfonos con listados
de gente a la que permanentemente llamábamos
para asociar. Tres personas por la mañana y por la
tarde, se ocupaban de esta tarea, y otros dos, salían
a la calle a efectivizar cuando alguien aceptaba.
Pronto llegaron los albañiles, los ladrillos, las
estructuras que nos llevaban el patio. Y entre
pequeños duelos, la vieja cocinita de los mates
y las reuniones y las comidas y las charlas de
madrugada, se fue junto con la gata que llevaba
allí unos 15 años. Una mezcla profunda de sentimientos encontrados, de euforia, de entusiasmo
y de melancolía.
Podríamos habernos quedado disfrutando por
primera vez de la construcción, expectantes de
eso merecido, pero la cultura generada por años
de odiseas prendió nuevamente la maquinaria.
La Fiesta Nacional del Teatro, aceleró los
trabajos.
En tiempo record el nuevo teatro, burlón, monumental y colorido eyecta casi fácilmente desde la Ley del Teatro, esa ley parida de luchas de
tantos años de hombres y mujeres de teatro que
conocimos solo de nombre en los mejores casos.
Gracias a ellos que confabularon la posibilidad.
Ahora con el objetivo cumplido, con tanto diálogo comunitario, con tanto deseo colectivo, veo las
paredes del nuevo teatro, y no me lo creo, igual
que esa planta burlona que le crecía de la pared.
La Fiesta Nacional del Teatro
La fiesta llega a Venado, todos los teatros están
preciosos. El Galpón abre su bar donde antes era
su sala. Una vez más, las calles de Venado se ven
transformadas. La gente responde ávida de ver.
Las salas se llenan, es necesario agregar funciones. El barcito reúne gente de todas las provincias, a encontrarse, a contarse cómo es que hacen
esto que llamamos teatro. Las problemáticas diferentes y al mismo tiempo las mismas: constituir
grupos, la formación, la profesión, la producción,
las salas, el público. Varias generaciones contando su óptica. Es fácil reconocerse, todos guardamos algo en común, cierta identidad que nos
hace gente de teatro. La risa, la solemnidad por
momentos, las pasiones, las vanidades, los abrazos desinhibidos, en todo el país las historias van
y vienen completando un círculo de veda que nos
reconoce.
De esta pequeña historia y sus obsesiones
Me alejo, y recupero algo, y veo a Rodolfo, ahora veo a Rodolfo, después de tanto tiempo. Y veo
cómo las condiciones para él siempre fueron a
trasmano. Cómo se fue quedando en el bar cercano al Galpón, cómo nos observaba desde el
andén mientras nos subíamos a un tren de tiempos obsesivos, cuando él ya había decidido hacer
teatro, sin condicionamientos, en este lugar que
había sido el de su infancia y el de su juventud.
Solo escribir y dirigir teatro en el encuentro de
un pequeño número de espectadores que le devolviera una palabra. Un reconocimiento sincero
y amoroso, sin mayores trascendencias que la
posterior charla de la mesa del comer y del beber.
¿Eso hubiera sido suficiente? No lo sé. Me hubiera gustado darme cuenta antes de que había renunciado. No porque pensara que podía evitarlo,
sino para que ese tránsito no fuera tan desolado.
Para ir a escuchar sus palabras de otro mundo,
sus historias de gente dolida de humanidad.
Tal vez el teatro se hubiera construido de todas
formas. Tal vez. Hoy pienso que no hacía falta
tanta renuncia. Que si hubiéramos podido escucharnos más calmos, la belleza de lo contemplativo no nos habría abandonado.
Sea así que perdure el deseo de la vida por sobre todas las cosas. Y que se active la poesía en
el aquelarre cotidiano. Que se desnuden cuerpos
atravesados por el deseo, y que se activen en favor
de un acto amoroso y valiente.
Hacer realidad historias que parecen ficcionalizadas, como esta de cómo se construyó un teatro, es tarea del amor, de la fascinación por las
revelaciones repentinas que producen cambios
abismales en la vida.
Se debe cuestionar cada verdad hasta alcanzar
los propios motivos ocultos, y jamás perder el humor. Lo del humor es cosa seria. Sea así que se
haga el teatro.