Historia

Un poco de historia...

A continuación una nota de Andrea Soldini, actriz, directora, dramaturga e integrante de Galpón del Arte quien hace un raconto de la historia de esta institucion para la Revista Picadero Nº 36 correspondiente al periodo Mayo-Noviembre de 2013. Una nota para disfrutar que transcribimos a continuacion...

Cómo se construyó el Galpón del Arte de Venado Tuerto 
Lo que antecede al Galpón y dispara la historia


Entre el 10 y el 19 de mayo, el INT presentó en la ciudad de Venado Tuerto (Santa Fe) la 28 edición de la Fiesta Nacional del Teatro con una programación integrada por 40 espectáculos. El Galpón del Arte fue una de las sedes fundamentales del proyecto. Aquí su historia que, en parte, ha crecido bajo el cobijo del Instituto del Teatro. Entre el 10 y el 19 de mayo, el INT presentó en la ciudad de Venado Tuerto (Santa Fe) la 28 edición de la Fiesta Nacional del Teatro con una programación integrada por 40 espectáculos. El Galpón del Arte fue una de las sedes fundamentales del proyecto. Aquí su historia que, en parte, ha crecido bajo el cobijo del Instituto del Teatro.  

Primero fue Apertura. Así se llamó, no inocentemente, el grupo que dirigía Rodolfo Aldasoro, un director y dramaturgo venadense instalado hacía tiempo en Rosario. Desde 1981 a 1984 funcionó con su encuentro semanal en la Biblioteca Ameghino. 

En 1983, uno de sus integrantes ingresa como director de Cultura de la Municipalidad de Venado Tuerto, inmediatamente convoca al grupo Apertura a que abran talleres teatrales. Este espacio se llena de jóvenes de entre 13 y 16 años que concurrían a tres clases semanales y un seminario mensual que dictaba Rodolfo. Esos inicios fueron impactantes desde el tiempo que la actividad demandaba y la energía que sus profesores Horacio Ñoti Martínez, Carlos Záttara y el mismo Rodolfo invertían. 

1984 fue un año plagado de inicios, de entusiasmo y de efervescencia política. Rodolfo provocaba algo que incidía directamente en la vida de los que le atendían. Había otra vida. Había otra gente que vivía distinto, que pensaba que vivir era otra cosa. Que te responsabilizaba de tus decisiones. Que te hacía cargo de tu mundo inmediato. El teatro era todo lo extraño y a la vez natural que ese hombre nos develaba. Dijo, decía… “No hay creación sin libertad absoluta”. Eso impacta. 

Pensar la libertad absoluta es un cielo a escalar que trae sus dificultades y sus placeres. Estábamos eyectados hacia la vida, y dispuestos a escalar ese cielo cuando Ñoti nos cuenta que había un espacio para alquilar. Ahí fuimos.

Apertura, o los más militantes de Apertura, habían concluido en la “necesidad” de encontrar un espacio absolutamente independiente. Esa necesidad tenía más que ver con crear espacios, rescatarlos de una memoria que vivió otra época. El teatro no era más que eso, un entretenimiento posterior a las tareas laborales para la mayoría y para algunos el teatro era una forma de militancia, de discusión de ideas, de postura frente a la vida... Para los que éramos adolescentes el teatro fue todo, la identidad ante el resto, el modo de ver, la forma de relacionarnos, los amigos, los novios, los ejemplos, las ideas... todo. 

En los años anteriores al Galpón, la biblioteca Ameghino, daba cuentas de una inconmensurable actividad cultural que ligaba el arte a la vida, un movimiento absolutamente visible en la cotidianidad de la ciudad. Un movimiento que había corrido los límites de una identidad cultural al punto de conformar un equipo de fútbol que llegó a jugar en ligas importantes y que desde sus preceptos y estética provocaba las más variadas opiniones y acciones trascendiendo las fronteras de la ciudad.

Nadie, de verdad nadie, en aquel momento era indiferente a lo que sucedía con “La Biblio”. 

Esto es significativo porque de no haber existido esa impronta de La Biblio, la experiencia del Galpón no hubiese tenido lugar en la cabeza de nadie. 

Vale reconocer, que el universo creado en la ciudad donde se vive enmarca a los individuos y a sus movimientos culturales, les da sustancia. El marco en momentos de La Biblio era enorme. 

Hay que nombrar aquí a alguien que fue causante de muchas acciones culturales, incluso más de las que supo: Pablo Sevilla, mentor y líder del movimiento de la biblioteca Ameghino. Una vez Pablo me dijo que era importante escuchar las voces que venían detrás de la voz que hablaba. Como en Manuel Puig “uno es las voces que lo recorren”. 

Rodolfo, la voz de Pablo detrás de tantas voces, María Juana Saade (actriz integrante de Apertura) madre de un desaparecido, es o era, paradójicamente la voz de la alegría. Ñoti en el hacer concreto y fundante, con su voluntad activada y convocante era quién movilizaba a la acción. “Uno es lo que hace con lo que hicieron de uno”, dice Sartre. Ahí estábamos todos, en Chacabuco 1071, perplejos. Con nuestras voces recorriéndonos. “La libertad absoluta”, “El arte que le hace propuestas a la vida”, intentando hacer algo con eso que hicieron de uno. En ese galpón grasiento, lleno de agujeros, y no puedo olvidarlo: una planta le crecía de una pared. 

El Galpón se alquila (1986)

Un galpón de una fábrica de cosechadoras cerrada. Ahí se dio la mezcla... los adolescentes con tiempo para estar ahí y disfrutar de ese trabajo como un juego, y los otros con todos los sueños... Rodolfo desde Rosario creyendo en un foro cultural, intelectual y artístico, los de Apertura que en su mayoría renunciaban sin decir nada más que “sólo querían hacer teatro”. Las discusiones interminables sobre el proyecto y nunca se sabía cuál era el proyecto... no se definía nunca... pero avanzaba o era, aún no se define y sin embargo va siendo. Había un calentador para el mate, no había baño, se hicieron unas tribunas, se trabajó en una “creación grupal”, que más bien Rodolfo escribía y delimitaba. ¡Pasaba por allí la historia del teatro universal! Y culminaba. ¿Dónde? En el Galpón. Tamaña expectativa. Así se inauguró. Y después... infaltable la peña, la guitarra, esa música de una generación cuajada en su alegría, y los más jóvenes incorporando una melancolía y una euforia que no nos pertenecía por completo. 

10 de enero de 1987, en seis meses se puso a punto, se hizo la obra y se inauguró sin baño pero con luces, el tablero y los tachos que fabricaron los que iban al industrial. Mucha peña, mucho vino, mucha rifa, mucha gente, mucha mala fama. Deudas que se acumulaban: el alquiler, las telas, la luz, el gas, los caños, las maderas, las cortinas, la pintura, los viáticos de Rodolfo… sus honorarios que jamás cobraba. El dinero, y el modo de obtenerlo y a qué se destinaba. La mugre que se acumulaba, la convivencia continua que empieza a manifestarse con problemas visibles, el trabajo desmedido, desorganizado y desequilibrado, la masa adolescente que cuestiona límites. Ahora había que ponerle el cuerpo a lo dicho. La libertad llevaba mucho trabajo. En las asambleas empiezan a escucharse las voces de los que ponen el cuerpo, esos tienen peso. Se inscribe en la pared del galpón la frase de Roberto Arlt, “El futuro será nuestro por prepotencia de trabajo”. 

El segundo aniversario 1989

La idea que tomaba fuerza por esa época tenía que ver con eso de responsabilizarse por la vida que se quería vivir. Venado era un lugar donde todo estaba por hacerse… pero con una cultura chata y conservadora. Había que empezar a dialogar con esa comunidad, había que empezar a hacerle propuestas, salir de la frontera de 10 x 10 que era el Galpón. 

2° aniversario de la sala, nos conectamos con el Mo.Te.Po. (Movimiento de Teatro Popular). Por un verano completo, esos grupos pueblan las calles de Venado, la comunidad se suma primero tímidamente a todos los festejos y al fin, masivamente. Transformamos la calle. El saldo de tres meses intensos deja a las claras que es posible que el público responda, y deja, a partir del contacto con todos los grupos, la idea de dedicarse por completo al teatro. 

La profesión. La cooperativa 

Lo que sucedía en el escenario se sentía poco. Había que hacer de la vida de uno la otredad posible. Un grupo como un ensayo de otra cosa. Si el actor trabaja consigo mismo, lo hace a la vez con las circunstancias que lo determinan. Había que meterse con esas circunstancias, ser más que actores, implicarse con los determinismos. Entonces, se tira la vocación sobre la mesa como un hierro caliente. Los que se iban a dedicar por completo al teatro y los que no. Una homogeneidad en crisis. Tómalo o déjalo. 

Rodolfo vende su casa de Villa Diego y compra una pequeña quinta en las afueras de Venado. Ñoti vende su taller de afilado y compra un colectivo. Roberto Mora y yo, decidimos que estaríamos allí, que seríamos actores, pronto se sumaría Claudia Scarutti. Más tarde Mirna Castro y Adelqui Bottazzi. Se forma La cooperativa, un grupo dentro del grupo. Luego tuvo algunas bajas y otras incorporaciones. 

La cooperativa trabajaría en los horarios que el resto del grupo tomaba para sus labores personales. Cobraría de las funciones que harían como cooperativa y participarían de la producción y actuación de las obras realizadas por el grupo en su totalidad. Organizaría las tareas de funcionamiento, mantenimiento y construcción del espacio. Un poco mucho, visto desde ahora, pero en el 89, nos pareció bien. En todo caso, fundar la profesión en Venado, nos parecía maravilloso, pero a la vez nuestra naturaleza culposa, haría que las diferencias con el resto, redundaran en autoexplotación. 

Nos encontrábamos en la cocinita del Galpón a las 8 de la mañana, organizábamos la agenda del día, poníamos a punto el espacio, cobrábamos las cuotas de los asociados que habíamos realizado. Visitábamos gente para convencerla de que se asociara. Pagábamos las cuentas. Limpiábamos. Al mediodía volvíamos a encontrarnos, la mayoría de las veces nos hacíamos de comer en el teatro, ya que la situación familiar no estaba muy a favor con lo decidido. A las 14 Rodolfo llegaba para el ensayo. Ensayábamos hasta las 17 ó 18. Merendábamos en el teatro. Empezaba a llegar, a la tardecita, la gente del resto del grupo. Resolvíamos lo que había quedado sin hacer. Y ensayábamos la obra que era de todo el grupo.

Empezábamos muy temprano en la mañana y terminábamos muy tarde por la noche. Lo escribo y no me lo creo, pero fue así por muchos años, hasta que el bajo ingreso promedio per cápita, los hijos y el cansancio del intento, hicieron que la mayoría de los integrantes de la cooperativa, buscara su solvencia por otro lado. En cuanto al objetivo de generar la profesión en Venado, aún existe y existieron varios intentos luego. La cooperativa siguió en pie hasta 2001. 

La temporada teatral comienza a existir 

El Fantasma de Canterville, se programó durante todos los días del verano del 91, de martes a domingos al aire libre en el patio del Galpón. Allí se armó un semicírculo para la escena, se construyeron tarimas, se compraron sillas, se diseñó una publicidad con pintadas de tapiales que amanecieron en la ciudad creando gran incógnita, se vendieron paquetes de entradas a los gremios. Se compraron artefactos lumínicos, equipo de sonido. La inserción en la comunidad generada con el movimiento callejero, redobla la apuesta. El fantasma… es el primer gran éxito del Galpón. Más de 100 espectadores se reunieron por noche en el patio.

Con los ingresos de taquilla se pagaron todos los equipos y reformas edilicias para habilitar el patio. 

Luego de ese verano, quedaron instaladas en Venado las dos temporadas, todos los días del verano. Y los fines de semana del invierno. Así fue durante todos los años siguientes. 

De cómo se compró el Galpón

1991. El dueño decide vender el espacio. Justo cuando ya era nuestra casa. Justo cuando Venado comenzaba a digerirlo. En una reunión de 1991, registrada en un cuaderno dice: “Siempre que haya un grupo humano, lo demás es consecuencia de ello”. Cuidar el espacio, era cuidar ese grupo. Nuestras acciones ahí hablaban por sí mismas. Cuidarte era limpiar el espacio, pagar las cuentas, equiparlo, que no faltara la yerba, que hubiera buen aroma, ponerle cera al piso de cemento de la cocina, lustrar la sala, que entrara por la tarde el sol en los ensayos, que la vereda se barriera todos los días, organizar la biblioteca, prender los sahumerios, cocinar tortas fritas con lluvia… para que siempre tuvieras ganas de hacer, de estar allí. Esa fue sin lugar a dudas la clave de todo el devenir. Sostener esas acciones mínimas, hacía que todo lo demás fuera posible. 

No podía cerrarse. 30.000 dólares. Un número imposible. 

La ciudad, como muchas ciudades del interior del país, tenía los ojos puestos en Buenos Aires cuando de artistas se trata. Así que debíamos hacer que esos ojos nos miraran con ganas extraordinarias. Dialogar con la comunidad de eso que le interesaba. 

El plan era traer a varios artistas famosos que actuaran gratis para poder comprar el Galpón. Debíamos vender 1.000 entradas a 30 dólares. Visto así todo era posible. 

Sucedía en la Biblio, la Facultad Libre. Había una materia que se llamaba El arte de amar… Esa cátedra la dictaban distintas personalidades del mundo cultural. Se avecinaba la llegada de Soledad Silveyra. Ella debía ser la clave. Los de la Biblio aceptaron y se involucraron inmediatamente con el plan. 

Después de la clase la llevamos a comer al Galpón, y ahí hablamos... hacemos los pollos en el patio, cada uno con su objetivo. Soledad en el Galpón de fiesta, la subimos y la bajamos de la rampa del Fantasma, ella se ríe... Fue la llave. Ella ya estaba confirmada. Hay que ir a Buenos Aires... A la salida del Andamio 90 lo esperamos a Alfredo Alcón, nada menos; él no sabía, pero a nadie se le cruzó nunca por la cabeza que no nos iba a atender... dijo sí enseguida sin conocernos, voy con Los caminos de Federico, y Miguel Ángel Solá, y Alberto Segado y el Flaco Thiel que ya nos conocía y no podía faltar... Todos estos conocidos actores sin fecha pero seguros. Vendimos un abono. Mil números para todas las funciones, puerta por puerta. El ciclo se llamó “Galpón del Arte dando vida a viejos sueños”. El lema estaba pintado en los tapiales, pegados en los vidrios traseros de los colectivos. Los habíamos grabado para que la gente supiera que no mentíamos. La voz de ellos aparecía en la radio, diciendo que pronto estarían en Venado, que compraran la entrada, que salvaran al Galpón del Arte. Hacíamos conexiones con medios nacionales para que cobrara trascendencia, hasta la mismísima Mirta Legrand, pidió en sus almuerzos que nos ayudaran a comprar el Galpón. Y se compró. 

Luego impuestos… moratorias... lo pagamos una fortuna... Antes de que viniera Solá se murió el Cacho, chocó con la moto... qué puta mala suerte... No sé si era el teatro, esta pulsión de vida que nos ligaba, que no había lugar sobre la tierra que reuniera tanto como todo, esta muerte y esta vida... Cacho que no deja de estar ahí y que cuestiona tanto... él es de esa historia que continúa...

La institucionalización

¿A nombre de quién se ponía el Galpón? Muchas, inagotables discusiones de asambleas permanentes, donde estar por fuera o dentro del sistema, era lo que se ponía en juego. Nuevamente el espacio cuestionando las ideas, obligando a tomar partido, a meterse en el barro. Debíamos pensar a futuro. Nuestro propio grupo llevaba ya varias deserciones. El espacio se había comprado con la ayuda de innumerables personas. La ciudad lo había avalado y lo nombraba como propio. Decidimos ponerlo a salvo de nosotros mismos. Buscamos los estatutos de las bibliotecas populares y nos constituimos en una Asociación Civil sin fines de lucro. Con una cláusula inclaudicable: el Galpón debía ser siempre un teatro. Ningún integrante del actual grupo podía disponer para usos particulares de ningún bien del espacio. Y si se retiraba de la agrupación, no podía llevarse nada de allí. 

El Instituto Nacional del Teatro

Cuando llegó el Instituto en el año 98, estábamos sin aliento. Habíamos comprado el espacio, habíamos realizado 21 montajes propios con sus respectivas temporadas, sus ciclos para colegios y giras zonales. Mantenido el espacio y la continuidad con otros espectáculos. Teníamos la cooperativa a punto de disolverse y un cansancio extremo. El INT llega a darnos aire. Que es decir, tiempo para pensar y resolver. La cooperativa había funcionado sin dinero, solventando la sala. 

Los intentos de construcción 

En esto de querer ganar espectadores también el espacio era una limitante. Había dejado de ser una novedad, y francamente el Galpón resultaba incómodo a los espectadores. Construir se volvió un horizonte a alcanzar. 

Un proyecto realizado para un concurso de arquitectura, nos devuelve el deseo de construir el teatro. Daniel Belbuzzi (integrante de los grupos de adolescentes de la primera etapa) y Oscar Muza, estudiantes de arquitectura en Rosario, realizan un proyecto de teatro, a partir de los alcances deseados por el grupo del Galpón y las características del terrero y la construcción existente. Ganan en Barcelona, con ese proyecto, una beca de estudio. 

A partir de ese momento empezamos a pensar en cómo lo íbamos a construir. Se construyó una maqueta que estaba a la vista de los espectadores. Se empezaron a proyectar estrategias, incluso a pensar en comprar el terreno lindante. Se hace una presentación a la prensa local del plano del teatro y las explicaciones de utilidad.

Hablábamos mucho de encontrar alternativas para que el trabajo no recayera sobre los mismos. Cuestión que nunca pudimos resolver del todo. 

Se organiza una comisión paralela para realizar el proyecto del teatro. 

Se iba a construir en tres etapas. Suponíamos que en nuestro 15 aniversario, estrenaríamos la ampliación de la sala, vestuarios y baños.

La primera acción fue demoler una casa de ladrillo y barro, que estaba abandonada en el terreno lindante. Se logró rescatar una cantidad suficiente como para construir un par de paredes. La segunda acción tenía que ver con una revista. La revista se convertiría en la herramienta donde iban a estar las empresas, comercios, personas y entidades que solventarían la primera etapa. El grupo del Galpón y su comisión paralela producirían esos sponsor. 

Habíamos logrado recaudar la cantidad necesaria de apoyo para construir y para finalmente sacar la revista en 2001. Aún estaban sin cobrar los anuncios (es decir el dinero para construir), cuando el famoso corralito se llevó la posibilidad, el trabajo realizado y la gente de la comisión paralela. El país ahora dialogaba con nosotros. No se podía ni hablar de dinero. El tema, obviamente era escabroso. Los cambios y el cimbronazo se llevaron también a varios de los integrantes. Ni hablar de construir teatros. El humor no estaba para poesía.

Los talleres y la nueva gente 

Comienzan los talleres de teatro abiertos a la comunidad. Nueva gente, nuevos adolescentes, nueva vida. Una impronta de ideas emergentes y cuestionadoras cala en el galpón, en buena y recuperada hora. En el editorial de la revista de los 17 años nos refundamos de este modo a parte de insistir con el proyecto de construir. Esa era la revista que debió salir a los 15 años coronando el nuevo teatro.

Tal vez, lo sorprendente es pensar en una experiencia que permanece. No porque la permanencia en sí sea una extraordinaria cualidad, sino porque se estabiliza en su inestabilidad, es tan frágil que hace falta fundarla cada día. 

Hablamos también del cierre de una etapa, como si fuera posible armar lazos de tiempo. Solo para poder pensarse es que se marcan etapas, pero es posible que el tiempo sea circular, que estemos siempre volviendo al inicio, al lugar del deseo único. Supongamos entonces que 15 años se cierran y dan frutos a otros que nos conducen, vaya a saber dónde. Siempre hemos trazado líneas, objetivos, que el aquí y ahora de la vida ha desbaratado a su antojo, pero hay una línea profunda que es la del deseo, la de la búsqueda de una vida que merezca vivirse, la que permanece inalterable, y es allí donde no hay marco de tiempo, donde la energía de ausentes permanece para transferirse a otros cuerpos, como reflejos de un espejo que nos devuelve nuevos. Otros. 

Hay gente como Rodolfo que ha marcado con su vida esta búsqueda, que ha sido referente de este aquelarre cotidiano, que nos ha fundado brujos, ángeles y demonios. Arte no es en el teatro si no hay vida que se vuelva bella para desnudarse en la ceremonia escénica. Y belleza suele ser el espanto cuando las sociedades deshumanizan. Rodolfo por presencia convocaba al misterio, por entrega, convocaba a todas las paradojas. Esa energía allí, en ese espacio, conmueve como un acto de amor interminable.

Allí, en ese espacio poético, hemos asistido, nunca aislados sino como reflejo de este poblado y de este mundo, al derrumbe de ideas que sostenían un quehacer, a la voluntad quebrada y reinventada o develada, a la miseria y la grandeza de gestos que nunca son individuales sino que corresponden a ideas-fuerza, que se expresan en un grupo como símbolo de lo que afuera acontece. Poder distanciarse para analizar sin convulsiones ni fanatismos, es una posibilidad que a veces puede darnos el teatro. 

Crear ese espacio de 10 x 10 que solo es símbolo de otro lugar, el lugar inexistente en la comunidad. Este lugar jamás deja de construirse, porque es en ese límite, donde esta clase de artista que intentamos ser, artista que haga de la vida la otredad posible, se reconoce. Habitantes de fronteras. Cuando estamos cómodos, seguros, es que no hay sentido que buscar, y ya no hay qué crear. Nos volvemos fósiles. 

Ya no somos los mismos, hay otros cuerpos y los mismos cuerpos son otros, sin embargo somos los mismos. 

El desafío es mantener la inocencia, la curiosidad, la voluntad de cuestionarse. 

Que nuestros deseos sean claros, verdaderos, que no se confundan con vanidades, que entonces nos sorprendan con la fuerza de lo cierto, que nos muestren lo inesperado, la incerteza. 

Estamos tambaleando, como siempre. 

Finalmente el teatro está ahí, monumental. Intacto. Nuevo. Guarda debajo de tanta lisura los huecos antiguos. 

El Instituto Nacional del Teatro abre su convocatoria para la construcción y remodelación de espacios teatrales. Oscar Villarreal (ingeniero) y Horacio Nicolari (arquitecto), integrantes del grupo de Galpón del Arte, diseñan un proyecto nuevo, pasando por alto el que se llevó el corralito, tal vez por eso de la urgencia, o de que el anterior nos había vencido. 

Esta vez sí, todos los antecedentes nos dan el premio mayor. 400.000 pesos serían depositados en la cuenta del Galpón, como un beso en la boca del que duerme. Harían falta 300.000 más para terminarlo. Inmediatamente el plan se orquesta, como siempre, para aprovechar doblemente la ocasión y el empuje entusiasta de la noticia. 

Esta vez sí, se haría posible. Varias discusiones acerca del modo en que organizaríamos esta nueva etapa. Sin lugar a dudas significaba el fin de otra. Pensar en el espacio, cómo se habitaría y cuál sería su proyección era más de lo que podíamos abarcar. Revisar la historia, los deseos viejos, y los nuevos, los transformados, las oposiciones. Objetivos, producción, metas, gestión (palabras resistidas). Como siempre, la diferencia también en tiempos de dedicación, en valores distribuidos en escala de importancia disímiles, y la sumatoria de la urgencia (solo una ilusión), hizo que una vez más postergáramos los temas de fondo, y fuéramos corriendo detrás de lo que, sin lugar a dudas, siempre fue deseo común: ver ese teatro por fin terminado, y cumplir con eso que siempre sentimos como deuda en nuestro diálogo con la comunidad. Cumplir, aunque más tarde, con una larga historia que ya nos tenía como protagonistas. 

Se generó un grupo que produciría a lo largo de un año, los eventos y actividades que recaudarían el dinero. Se elaboró un proyecto de producción, que consistió en una campaña de asociados masiva, apoyados en una campaña publicitaria a la que se sumaron gratuitamente todos los medios, y que consistió una vez más, en darle trascendencia nacional. Se compró una computadora para comunicarse vía Internet y dos teléfonos con listados de gente a la que permanentemente llamábamos para asociar. Tres personas por la mañana y por la tarde, se ocupaban de esta tarea, y otros dos, salían a la calle a efectivizar cuando alguien aceptaba. 

Pronto llegaron los albañiles, los ladrillos, las estructuras que nos llevaban el patio. Y entre pequeños duelos, la vieja cocinita de los mates y las reuniones y las comidas y las charlas de madrugada, se fue junto con la gata que llevaba allí unos 15 años. Una mezcla profunda de sentimientos encontrados, de euforia, de entusiasmo y de melancolía.

Podríamos habernos quedado disfrutando por primera vez de la construcción, expectantes de eso merecido, pero la cultura generada por años de odiseas prendió nuevamente la maquinaria. 

La Fiesta Nacional del Teatro, aceleró los trabajos. En tiempo record el nuevo teatro, burlón, monumental y colorido eyecta casi fácilmente desde la Ley del Teatro, esa ley parida de luchas de tantos años de hombres y mujeres de teatro que conocimos solo de nombre en los mejores casos. Gracias a ellos que confabularon la posibilidad. 

Ahora con el objetivo cumplido, con tanto diálogo comunitario, con tanto deseo colectivo, veo las paredes del nuevo teatro, y no me lo creo, igual que esa planta burlona que le crecía de la pared. 

La Fiesta Nacional del Teatro 

La fiesta llega a Venado, todos los teatros están preciosos. El Galpón abre su bar donde antes era su sala. Una vez más, las calles de Venado se ven transformadas. La gente responde ávida de ver. Las salas se llenan, es necesario agregar funciones. El barcito reúne gente de todas las provincias, a encontrarse, a contarse cómo es que hacen esto que llamamos teatro. Las problemáticas diferentes y al mismo tiempo las mismas: constituir grupos, la formación, la profesión, la producción, las salas, el público. Varias generaciones contando su óptica. Es fácil reconocerse, todos guardamos algo en común, cierta identidad que nos hace gente de teatro. La risa, la solemnidad por momentos, las pasiones, las vanidades, los abrazos desinhibidos, en todo el país las historias van y vienen completando un círculo de veda que nos reconoce. 

De esta pequeña historia y sus obsesiones 

Me alejo, y recupero algo, y veo a Rodolfo, ahora veo a Rodolfo, después de tanto tiempo. Y veo cómo las condiciones para él siempre fueron a trasmano. Cómo se fue quedando en el bar cercano al Galpón, cómo nos observaba desde el andén mientras nos subíamos a un tren de tiempos obsesivos, cuando él ya había decidido hacer teatro, sin condicionamientos, en este lugar que había sido el de su infancia y el de su juventud. Solo escribir y dirigir teatro en el encuentro de un pequeño número de espectadores que le devolviera una palabra. Un reconocimiento sincero y amoroso, sin mayores trascendencias que la posterior charla de la mesa del comer y del beber. ¿Eso hubiera sido suficiente? No lo sé. Me hubiera gustado darme cuenta antes de que había renunciado. No porque pensara que podía evitarlo, sino para que ese tránsito no fuera tan desolado. Para ir a escuchar sus palabras de otro mundo, sus historias de gente dolida de humanidad. 

Tal vez el teatro se hubiera construido de todas formas. Tal vez. Hoy pienso que no hacía falta tanta renuncia. Que si hubiéramos podido escucharnos más calmos, la belleza de lo contemplativo no nos habría abandonado. 

Sea así que perdure el deseo de la vida por sobre todas las cosas. Y que se active la poesía en el aquelarre cotidiano. Que se desnuden cuerpos atravesados por el deseo, y que se activen en favor de un acto amoroso y valiente. 

Hacer realidad historias que parecen ficcionalizadas, como esta de cómo se construyó un teatro, es tarea del amor, de la fascinación por las revelaciones repentinas que producen cambios abismales en la vida. 

Se debe cuestionar cada verdad hasta alcanzar los propios motivos ocultos, y jamás perder el humor. Lo del humor es cosa seria. Sea así que se haga el teatro.